Aunque se camine muy lejos y la oportunidad abra su puerta más deslumbrante lo que dejamos atrás, la vida que teníamos en el lugar de origen es nuestro equipaje de nostalgia perenne.

No se olvidan las calles que nos vieron correr en. busca de nuestros primeros logros, las escuelas que nos dieron los primeros conocimientos y esos maestros que ayudaron a formar nuestra personalidad. 

El hogar que queda vacío más allá de paredes sin personas, encierra los recuerdos que construimos y cada uno de ellos se resiste a soltarnos.

Quizás el destino de llegada sea más moderno, más de oportunidades como dicen a menudo, sin embargo lo que nos mueve por dentro son retazos de nuestra propia vida que fueron marcando el rumbo de la historia hasta el momento de la partida y eso sigue siendo importante.

Los paisajes son distintos, para el que está acostumbrado al sol y al calor, el frío de otro lado termina taladrando los huesos hasta sentir que se parten y si fuera al contrario, habría un sofoco casi inaguantable.

Estamos como diseñados para manejar las situaciones climáticas que nos tocan en el lugar donde nacemos y crecemos; y esto se altera de alguna manera cuando se abandona una realidad por otra.

Las personas que ya no vamos a ver, son la peor parte. A veces es como si adelantáramos el deceso de alguien, y las pantallas digitales como único recurso de comunicación y tacto, se vuelven insuficientes. Pero nos resignamos.

La nostalgia no se va, el recuerdo insiste en tocar la puerta del pensamiento y una pregunta que no se responde, da tumbos en nuestra cabeza: —¿Podré regresar algún día?

Mientras, echar de menos es lo único que queda.