Cuando decidimos irnos a otro lugar, a veces el alma de los recuerdos se queda en nuestro hogar.

La alegría de lo expectante nos embarga, y al pasar la euforia de la novedad llega la nostalgia.

Descubrimos rostros parecidos a unos conocidos, como si la vida nos diera otra oportunidad de tenerlos cerca.

Los paisajes nos envuelven de formas diferentes, y tomamos el manto azul del firmamento para que nos arrope a todos donde quiera.

Los amigos son marca imborrable y nuestro corazón una hoja con sus nombres, donde leemos los párrafos de lo que hemos sido.

Hay nuevas sonrisas y abrazos de algunos, y eso no invalida lo ya vivido, se abre una nueva ventana en la pared de nuestra vida.

Las nubes corren de un lado a otro, y aveces quisiéramos ir con ellas, quizás para dejarnos llover allá… en el lugar de nuestros orígenes.

Nunca se sabe cuánto añoramos algo, mientras está a mano; el contacto continuo a veces nos vuelve insensibles.

La ausencia de esa voz, la falta de ese roce, nos recuerda que hasta el cuerpo tiene memoria que no olvida.

Nos damos cuenta que existir es un camino continuo, lleno de paradas que a veces hacemos. Unas en el territorio conocido y otras en las que no sabemos ni cómo se llega.

Desconocidos en medio de tanta gente, eso somos cuando lo hemos dejado todo.

Uno más que camina entre tantos, y sonreír a quien sea da lo mismo, porque todos son extraños aunque vayan a tu lado.

Lágrimas escondidas en el equipaje, no es la tierra, ni siquiera lo que dejas; es sentirte raro en medio del frío de los humanos.

Cuando nos vamos, nos volvemos ausentes aún, de lo que más queremos…