—¡Señor, señor! Ya hemos llegado a la dirección que me dió. Se que este viaje fue más largo que el de Cúcuta hasta acá por avión, pero ¿que le,puedo decir? ahora con los trancones, es el pan de cada día para los que habitamos en esta “nevera”.

Felipe Gascón abre lentamente los ojos. Se había quedado dormido luego de la primera hora de trayecto. La angustia literalmente lo agotó y entre tanto pensamiento el sueño al fin venció. No había dormido casi nada en las últimas setenta y dos horas.

—Si, gracias. La verdad es que me quedé dormido entre tanta demora en el tráfico. ¿Cuánto le debo?

El conductor señala el taxímetro, que marca la cantidad de 90.000

—Ese sería el golpe, si la aerolínea no lo hubiera enviado, pero como esto es asunto de ellos, no se preocupe patrón, no tiene que pagar nada.

—Al menos, gané una. Baja del vehículo y enseguida el conductor también lo hace, sacando su equipaje del maletero y despidiéndose luego.

Está en la entrada de un edificio cuyo nombre es “Lomas de Iberia”, se asoma a la ventanilla de la portería y el celador le hace las preguntas de rigor.

—Muy buenos días señor ¿a quién busca?

—Buenos días , busco al señor Armando Pulido. Está en el interior 5, apartamento 408.

—Listo, ya le anuncio. El celador hace la llamada a través del intercomunicador y le hace seguir. Amablemente le indica por dónde debe desplazarse y éste toma su maleta y avanza.

Camina hasta la torre 5 y entra, sube al ascensor y se detiene en el piso 4. Sale al espacioso pasillo, encontrando el apartamento 408 al final. Toca el timbre y espera.

La puerta se abre y una mujer de unos treinta años le abre la puerta.

—Buenos días, Felipe. Armando no está, pero él me encargó que te recibiera. Le sonríe amablemente y le invitaba pasar. Seguido aparecen dos niños, el primero de unos cinco años y otro como de ocho. —Pasa, pasa y deja tu equipaje allí, ven y siéntate.

También aparece una señora mayor y un joven algo menor que él.

—Ella es mi mamá, Graciela y él es mi hermano Joaquín.

—Un placer señora, mi nombre es Felipe. Vengo de Venezuela.

Se siente un poco incómodo. No esperaba que su amigo no le fuera a buscar al aeropuerto y mucho menos que no estaría en casa para recibirlo.

—Disculpa… ¿tu nombre es..? Dice con vergüenza viendo a la esposa de su amigo. 

—Yo soy Marta Lucia. Quizás no sabes mucho de mi, pero Armando sí me contó bastante de ti. De cuando se conocieron en Venezuela un año antes de nuestro matrimonio. Esos meses de intercambio para él fueron fabulosos. —¿Qué cosas tan terribles las que están pasando allá, no? 

Su incomodidad ahora crece más. Recordar a Venezuela, lo que ocurrió con su padre y ahora el estado en que está su madre, no parece un buen tema para contar, así que asiente con la cabeza, pero guarda silencio.

—Estábamos preparados para tu llegada Felipe, pero mi madre ha tenido que venirse de Santa Ana, porque está presentando un dolor en su espalda que no nos gusta, así que va a estar con nosotros aquí al menos por un mes, al igual que mi hermano, quien vive con ella.

—Eso quiere decir que… ¿no puedo quedarme aquí?

—Lo siento mucho Felipe, de verdad. Si te podemos ayudar en algo más, tú sólo dímelo.

El silencio sigue y Felipe va en busca de su maleta que se quedó en el pasillo unos ocho pasos atrás.

—¡No vale, tranquila! Yo entiendo. Discúlpame tú más bien, yo no debí presentarme aquí, sin que Armando estuviera, así que me voy.

—Armando pensaba buscarte, pero tuvo que ir  a la inauguración de unos juegos estatales de su empresa y cómo es el gerente de Capital Humano, ya sabes, no podía faltar.

—Pero pudo haberme avisado, lo del torneo, lo de su suegra y lo de no quererme aquí. Piensa esto con algo de rabia, pero no lo dice, solo toma su maleta y se dirige a la puerta.

—No tienes porqué irte así, tan rápido, dice Marta Lucia.

—Debo hacer una vuelta y necesito hacerla ya. Gracias por todo y despídeme de Armando. Abre la puerta y sale. Respira profundo y se encamina nuevamente hacia el ascensor y al salir definitivamente de la residencia vuelve a estar parado justo donde el taxi hace apenas unos veinte minutos antes,  le dejó.

Siente una bocina a su lado y al girar la vista hacia la izquierda, aparece nuevamente el taxista que le trajo.

—¿Qué pasó patrón? ¿No encontró a la persona que buscaba? Dice mientras el taxi para justo delante de Felipe y éste también se asoma por la ventana del copiloto a fin de escucharle bien.

—Mi amigo no estaba… y allí al parecer, no puedo quedarme. Me toca buscar un lugar para estar al menos por una semana, mientras me ubico. Estoy algo desorientado.

—Bueno, a veces las cosas no salen como esperamos, pero de repente pueden volverse mejores. Suba que lo voy a llevar a un sitio donde puede encontrar alojamiento.

Felipe no es de las personas que entra en confianza muy rápido, ni de los que se mete en cualquier sitio, pero esta vez el taxista le resulta cercano, quizás porque es la primera persona con la que entabló una conversación desde que pisó tierra colombiana.

—¿Cómo es su nombre?

—Salvador Freites, para servirle y el suyo.

—Felipe Gascón y me puede tutear, que somos algo contemporáneos. ¿A dónde me llevas?

—Vamos para Cedritos, una sector muy bonito, donde hay muchos venezolanos, quizás ahí te sientas mejor.

—Bueno, muchas gracias Salvador.

El taxi circula unos quince minutos y llegan a la zona mencionada. Se siente muy bien el ambiente, es agradable el lugar, como todo lo que ha visto desde que llegó.

—Aquí es Residencias “El Turista” son habitaciones con baños que arriendan por días o meses. Casi todos los que están aquí son venezolanos.

—Oye Salvador, en serio  que te lo agradezco. Si no fuera por ti, todavía estaría parado donde me encontraste, preguntándome ¿qué voy a hacer?

—Tranquilo “Felito” aquí estamos para ayudarnos unos a otros. Esta carrerita es cortesía de “la casa” . Aquí te dejo mi tarjeta, cualquier cosa llámame.

Tal como le dijo Salvador, el taxista,  la residencia estaba ocupada por venezolanos en su mayoría, y quien está a cargo es “Mamá Luisa” como le dicen todos. 

Una mujer de unos 45 años, muy amable y muy “apretada” como también dicen que es. Es de las que cobra precios solidarios a sus compatriotas y les ayuda cuanto puede, pero si alguno incumple las normas que tiene establecidas en la residencia, simplemente le pone sus pertenencias en la puerta y punto.

Al verlo, queda encantada con él. —Yo sé, cuando una persona es de bien y cuando no. Hay algo aquí adentro de que me lo dice. Así que cuenta, cuenta… ¿que te ha traído por aquí?

De forma resumida Felipe le habla sobre  lo que ha ocurrido en su vida en los últimos dos años y “Mamá Luisa” le da un abrazo. —¿No se hasta cuando va a durar la pesadilla venezolana? Pero bueno, hay que concentrarse en la nueva realidad que tenemos.

—Yo soy abogado y hay alguien que me ofreció ayuda aquí, solo que estará de viaje las próximas semanas.

Ella le mira casi que con ternura. —Ay hijo, está bien que tengas esos contactos, pero necesitas empezar a producir antes que te comas todo el dinerito que trajiste. Ve a la habitación y si quieres descansa un poco. Voy a llamar a un amigo que tiene un negocio por aquí cerca, a ver si podemos hacer algo por ti,

La sensación es extraña, pero ya no se siente tan  solo y perdido entre tanta gente. Abre la habitación y se encuentra con un espacio pequeño, pero limpio; casi acogedor. Mete la maleta en el armario, pero no desempaca nada; decide tenderse sobre la cama y una vez más, se queda hundido en sus pensamientos, hasta que tocan la puerta.

—Felipe, abre por favor. Soy “Mamá Luisa”. 

Se incorpora de la cama y abre la,puerta.

—¡Toma! Extiende la maña y le entrega un teléfono celular. Para que llames a tu mamá, que me imagino no lo has podido hacer desde que llegaste.

Él está sorprendido. De las personas que esperaba ayuda y solidaridad, por una causa u otra solo ha recibido  indiferencia y por parte de una desconocida experimenta casi que, calor de hogar.

Hace la llamada y logra hablar con su mamá. El nudo en la boca del estómago, vuelve a aparecer. Las preguntas acerca de si hizo lo correcto o no, se transforman en dudas nuevamente y  no puede evitar angustiarse. Llaman a la puerta de nuevo, es “Mamá Luisa” otra vez.

—¿Listo? ¿Ya te reportaste con tu mami?

—Si, Si, de verdad ¡muchas gracias!

—Se que esto te parece duro y que tienes muchas dudas, pero ya estás aquí y solo te queda “agarrar el toro por los cachos” como decimos en Venezuela, así que espanta todos esos pensamientos de angustia y prepárate para que vayas donde mi amigo Jairo Luis, el seguro puede darte trabajo.

Todo es muy rápido, apenas tiene unas cinco horas en Bogotá y ha pasado de no tener ni siquiera dónde dormir a estar ubicado y con un posible trabajo. Se duda en la habitación y luego se echa un baño, cambia su ropa, y va a hablar con “Mamá Luisa”.

—Jairo Luis tienen un negocio de comida rápida llamado Ávila Wings, él siempre le da trabajo a los venezolanos, aún a aquellos que no tienen papeles, como me imagino que estarás tú. El es colombiano, pero tiene alma venezolana.

—Pero… yo no sé nada de comida, yo soy abogado…

—Si hijo, pero ahora estás aquí, y para que puedas ejercer en tu profesión, ya sabes todas las exigencias que debes cumplir, así que por ahora, no pierdas esta oportunidad.

—Tiene razón “Mamá Luisa”, ya me voy a ir para allá, y gracias otra vez, por aterrizarme.

Así, en su primer día en Bogotá, y con un frío helando sus huesos, Felipe el abogado egresado con honores de su su alma mater, comienza a trabajar de una vez en el local de comida rápida. Atrás quedaron los días de corbatas y trabajos en horario de oficina.

Le dan la oportunidad de que comience a trabajar de inmediato, y cierran el negocio cierra a la una de la madrugada. Recibe su primer pago y comienza a ser un inmigrante más, que no ejerce su profesión, que consigue trabajo para pagar el arriendo y ver cómo se las ingenia para enviar dinero para su país natal.

—La vida cambia en un momento, pero asumo esto como un sacrificio necesario para poder traer luego a mi mamá. Piensa mientras camina hacia su nuevo domicilio, teniendo la extraña sensación de poder caminar por una calle sin el temor de ser asaltado y robado.

Ahora es parte de otra estadística, esa de los que emigran y llegan a un nuevo territorio, y les toca hacer todo lo necesario para sobrevivir, olvidando los títulos y posiciones y viendo todo esto como una nueva oportunidad para reinventarse.