Hasta hace apenas unos meses, el mundo estaba dividido entre países del primer mundo, llegándose a hablar de hasta “tercer mundo” como es catalogado el país de donde vengo, Venezuela. Y en tan poco tiempo, todo el mundo es un caos.

Había muchos que teniendo los recursos para emigrar, escogían uno de esos… bien desarrollados, mucho más adelantados que los de este lado del mundo, es decir esos maravillosos lugares donde todo funciona y podrían realizarse los “sueños”. Hasta que un diminuto visitante nos iguala a todos.

Hoy estamos casi todos encerrados. Los del primer mundo, los del tercero y hasta los del “infra mundo” a la manera de cualquiera de esas taquilleras pelis, donde aparece un mundillo impensable. Y es que ante las crisis, el ser humano, se descubre solo eso, humano. Falible, frágil y muchas veces hasta falto de entendimiento.

Las noticias rebotan de un lado a otro, pareciendo que reúnen más atención o ranking los lugares donde más casos hay y quien más medidas pueda implementar al respecto. Realmente las informaciones que llegan son perturbadoras (ni hablar de las cadenas del WhatsApp) y lejos de animar al humano a la consciencia, en el fondo hay una inyección de desesperanza y angustia que fabrica otro tipo de problema colectivo.

Los mercados de productos alimenticios, colapsan. Los de aquí, los de allá, y los de cualquier parte donde existe un humano que crea que por “acaparar” cosas estará a salvo. Seguimos teniendo los valores invertidos, y pensamos que valemos por lo que logramos tener y en los actuales casos, acumular.

Lo cumbre de todo esto, es que no se trata de tener para compartir, se trata de tener lo que a otros quizás se le dificulta para experimentar el “poder” de no estar en la misma circunstancia de debilidad que los demás. Eso pareciera producir una absurda y extraña sensación de bienestar.

Antes, nos comíamos la cabeza pensando a dónde ir, para que nuestros sueños se volvieran realidad, olvidando que viajamos con nuestras pesadillas internas a dónde quiera que nos movemos. Y ese afán por estar en el lugar de las oportunidades termina, cuando ocurre lo del convid-19 y “Coronamos”.

Si existiera un lugar en el planeta donde los organismos internacionales dieran la garantía de que el virus no llegara, eso se convertiría en el primer mundo actual, aunque fuera una sazona desértica y lejos de las comodidades a las que el humano se ha acostumbrado y vuelto dependiente.

Me imagino que muchos matarían por obtener un boleto a ese lugar, cambiarían los alimentos que quizás han comprado sin tener la necesidad y hasta el espacio físico para guardar tantas cosas, con tal de estar <a salvo>.

Basta que el ser humano llegue a cualquier parte para que las cosas se compliquen. Si te ponen normas para que todo fluya en armonía, hay que quebrantarlas; sin hay recomendaciones sanitarias sobre el uso de alimentos y hasta de alguna práctica cotidiana, simplemente nos rebelamos, porque nadie nos va a decir cómo vivir, ni dónde.

La situación es critica, y toda crisis es el preámbulo de una nueva etapa, un pensamiento renovado, una transformación. Esa es la oportunidad. Ya no tendremos que desquiciarnos por escoger en cuál lugar nos iría mejor. Pero también, toda crisis pone al descubierto lo que traemos dentro.

La mezquindad, manipulación, egoísmo, impaciencia y falta de solidaridad, no es algo,que se produce en los momentos aciagos, sino es algo que sale a la vista bajo la luz de las tempestades.

En este momento, la tierra es el mismo territorio para todos. Las fronteras en su mayoría están cerradas, y toca estar de la mejor manera donde nos agarre la vida. Estamos bajo la monarquía de un virus que si lo dejamos, nos enseñara a vivir de otra manera y si no, os consumirá con nuestras propias miserias.