No se cómo empezar a escribirte esto, pero me atrevo.

Julián, a pesar de que pueden parecerte vacías mis palabras, he decidido hoy después de dos meses, darte a conocer las razones que tuve para dejarte ahí parado, esperando el “si acepto”.

Llevábamos muchos años juntos, en el fondo yo diría que demasiados, pero bueno quizás soy subjetiva por estar hablando de nuestra historia a miles de kilómetros de distancia y en una frontera diferente a la tuya. ¡Nueve años! quizás el número de la muerte, como otras veces te dije.

Se que el último año hicimos los planes, cuadramos las fechas, y todo estaba en orden, menos nuestras vidas y en especial, nuestra relación. Tú te acomodaste al ambiente, a la situación en que estaba todo, al no mirar más allá y conformarte. A la resignación.

Ya sabes que siempre he sido un poco más inquieta, de volar, de decir lo que pienso aunque las paredes mentales de otros tiemblen; y eso lo experimentamos ambos, cuando más de una vez te puse a temblar los esquemas. No podía quedarme, de verdad que no.

Vía a la iglesia me pasó una película de nuestro futuro antes mis ojos y comprendí que no podía hacerte eso; no podía hacérnoslo a los dos. De haber dicho que si, hoy fuera tu esposa y estuviéramos allá, en medio de una situación que a mi francamente me asfixiaba y eso tarde temprano haría mella en nuestra relación, la cual estaba ya gastada si lo evaluamos en frío.

Se que estuvo mal dejarte a último hora, pero los malos momentos futuros que nos ahorramos, si bien no justifican la herida que te causé, estoy segura de que si evitan unas mayores. Me hubiera cansado de ti, amor (y perdona que te llame así, es la costumbre). Tu capacidad de acomodarte en la circunstancias, yo no la tengo; tu soportas ver las noticas y al presiente diciendo idioteces, yo no. Y aunque eso parecieran detalles tontos, se que más temprano que tarde nos haría odiarnos.

Y no, no estoy bien. Me duele tu dolor. Además, no es tan sencillo estar en una tierra distinta, con costumbres diferentes, quizás extrañándolo todo, pero aquí me consuela el saber que aunque no tengo más oportunidades que los nacionales de esta tierra, si son más que las que tenía allá, siendo local. No te confundas, o mejor dicho permíteme que me explique mejor; no son las prebendas económicas las que me tienen en este lado del mundo, sino más bien el temor a ser alineada por completo con una resignación como la tuya.

No te culpo, ni juzgo; no todos tienen el sentido de lucha y cambio por dentro. Tú tienes el derecho de ser así, y yo de ser todo lo contrario, hasta que me di cuenta. Fue entonces cuando lo que siempre nos pareció complementario eran en verdad, diferencias que la convivencia hubiera sacado a flote de forma despiadada.

A veces cuando salgo al parque, en medio de este frío quisiera encontrarte por ahí, en cada rostro extraño que veo y cambiar los doce grados diarios de temperatura por una de nuestras conversaciones a la orilla de la playa, con la calidez que eso implicaba. Luego reacciono y confirmo una vez más mi decisión de emigrar. Para ti estoy exiliada, porque es una salida sin retorno, un destierro de nuestra relación y de tu alma, pero está bien así.

No espero que cambies, tampoco espero que me perdones, pero ojalá algún día te sacudieras de “lo de siempre” y te atrevieras a dar un paso más allá del miedo, Julián. No dejes que el resentimiento por mí te consuma, ni me idealices como aquello que pudo haber sido y no fue, porque después de irme entendí, que nunca había sido.

La distancia no sana per se, pero si nos permite ver las cosas a veces en una mejor perspectiva y eso es lo que yo he conseguido. Lamento todo el mal rato, los sinsabores y el tiempo perdido a mi lado, pero preferí irme a pretender que dos vidas paralelas se unieran por la sola obligación que suponía, un aro de matrimonio.

No te merecías eso, te lo repito. Pero sobre todo yo, tampoco.

Olvídame tan pronto te sea posible, y házmelo saber cuando eso suceda, así tendré esperanza algún día pisar otra vez tú mismo territorio y no sentir como ahora que los barcos se quemaron a mi salida.

Quien ya no es tuya,

Alondra.