Un día te miré, en medio del tumulto, de la prisa cotidiana y alboroto de la calle, y sentí que todo se detuvo, que el mundo en ese momento se tomaba un respiro y las luciérnagas dejaron de brillar al no poder competir con tus ojos.

Yo no soy de los de mirada inquieta, pero tú me atrapaste, con un pestañeo de los tuyos, eso que hacen que tornados se levanten y queden fuera de sí, todas las emociones, pero… sintiendo tanto, hice tan poco.

Y solo alcancé a decirte “hola”, esa sola palabra como un ancla de escape, para que la marea que subía en mi , no me hiciera zozobrar en apenas esos segundos, en que tú vida rozó la mía, para nunca más dejarla igual.

Fue tan poco, y a la vez tan grande , como el llanto corto de un infante que alumbra el misterio de la vida; como esas flores que abren por segundos y quien consigue verlas, atesora el milagro, como un relámpago que lo ilumina todo en segundos y deja rastros hasta en el firmamento.

Ha pasado el tiempo y recuerdo ese día, y vuelvo al mismo lugar de vez en cuando, aunque el “cuando” es casi cotidiano con la esperanza de verte, y no apareces; es como si en mi mente al traerte de vuelta hiciera que un vacío se extienda entre mis venas, y te busco en mil caras, pero te has esfumado.

Y solo me quedé con ese “hola” que también respondiste como esperando algo, y yo que siempre juego a lo seguro, aspiré tu aire, sentí tu perfume, impregnándome la vida y por pensar tanto para decirte algo y lanzarme tras tuyo, solo me quede inerte, como quien ve pasar la vida en cámara lenta.

No existes, pero estás, no se tu nombre pero te llamo, no me has querido pero el amor hizo un temblor en nuestras vidas, no fui tras tuyo, pero desde ese día, mi vida, jamás volvió a ser mía. No hubo promesas, y aún así yo pudiera cumplirlas todas,

Solo pienso, ahora, cuando ya quizás todo es tarde; que de nada sirve el amor que se acobarda y las palabras que no llegaron a tu oído, no existen, y la vida que no compartimos, tampoco.