Ella miraba el mar, como,quien mira el espejo de su alma, y sus profundidades podían volverse más oscuras, de acuerdo a la tempestad que le rodeara. Como su corazón, cuando azotado por las tormentas del desamor le oscurecen también, las ganas de volver a intentarlo.

Y sus cabellos se movían sin resistencia al viento, como las olas llegaban llenas de espuma a una orilla que también por segundos se dejaba tomar por el agua. De igual manera la emoción de un sentimiento, también le movía, le arrastraba y luego la dejaba sola, a la orilla de una distancia que nunca fue acortada.

Entonces lloraba, como si cada una de sus lágrimas fueran la fuente eterna de la que se sacian los mares, y cada gota suya fuera un reconocimiento a toda esa tristeza que alguna vez trepó a su alma y que fue expresada a través de sus ojos, en forma de cascada.

El sonido de las olas hizo que sus palabras no se escucharan más allá de la orilla; el viento suavizó las heridas de una piel no tocada y su cabello se hizo cuerdas que han servido de amarras para barcos a la deriva, como el de su corazón.

Ella seguía allí, en la orilla, aunque su alma hace mucho que se había ido a volar a otro lugar.