Vivo en un país de contrastes…

Algo raro para mi mente sencilla y liviana. Cruzar una frontera por muy cercana que sea, trae diferencias y a veces mucho más grandes de las que nos podemos imaginar.

Vivo en un país de contrastes, donde pareciera que todos pueden viajar en el mismo medio de transporte (en época fuera de pandemia, claro), pero en el que hay tantas diferencias que muchas veces, me pierdo.

Aquí las personas no se llaman por su nombre, sino por su profesión. Y quizás suene para algunos ridículo este comentario, pero donde yo vengo, hay amigos y “panas” y la gente es simplemente eso… gente.

De repente, y quizás es lo más probable, no es que las cosas sean así en un territorio y otro, pero si en mi mente, finita y sin muchas poses.

Para mi una persona, es una persona, con título o sin él; sin importar de cual “estrato” venga o en el que esté.

Aquí todos se llaman por lo que creen son: “ingenieros”, “arquitectos” “licenciados “, “doctores”, “enfermeros” y pare usted de contar.

Al principio pensaba que era como una broma, y que en algún momento me dirían “está en cámara escondida”, pero, no es así.

A veces me rio para mi sola, cuando veo el uso y abuso de estos “títulos” sobre la vida de las personas, recordando aquella escena en uno de los personajes del ya difunto Chespirito, en que uno le decía al otro: “dígame licenciado” (en atención a la respuesta de un llamado); y el otro personaje respondía: “licenciado”.

No se, en ni vida personal nunca he hechado mano de mis títulos para responder cuando me llaman por ellos; me resultan hasta impersonales. Si bien es cierto, que uno se los estudió, que fuimos formados académicamente en cierta especialidad; soy de las que defiende la tesis de que “somos algo más que eso”.

No quisiera que mi lápida dijera: “aquí yace la licenciada, abogada, economista, o cualquier otra de estas ilustres profesiones”; no, simplemente quisiera que alguien al ver mis iniciales ahí (que es a lo más que aspiro), pudiera pensar en mi, como una mujer que se equivocó mucho en la vida, pero aún así, la vivió. Punto.

Camino por las calles de una ciudad donde los títulos y “remoquetes” le pesan a las personas más que los abrigos y sobretodos que hay que ponerse para cubrirse del frío. Que atan sus seguridades a sentirse reconocidos por lo que tengan guindados en sus paredes , pero al final… ¿como se reconocen cuando se miran al espejo?

Las diferencias son grandes, aunque la distancia física entre los pueblos sea poca, y es que como estemos construidos mental y emocionalmente serán nuestras actitudes frente a los demás.

Detrás de los trajes de los doctores, arquitectos, bioanalistas, capitanes y cualquier titulo distinguido de estos, todos, al desnudo tienen lo mismo. Será por eso que hay que andar tan cubierto de este lado del mundo, para olvidar que solo somos humanos, iguales, defectuosos y con aciertos, fuertes y muy débiles, erráticos y acertados.

En fin, ahora debo seguir, hay que atender el día y todo lo que trae, en medio de los que no pueden vivir sin que su nombre no sea suprimido por el grado académico que tienen; que mi a veces me parece que es mucho mayor que el grado de gente, del cual carecen.

Sigo observando los títulos, desde mi exilio… aprendiendo de cómo son las cosas fuera del pequeño mundillo de mi mente.