Al ver que no dábamos con Artl, logramos hablar con una vecina suya. Nos contaría que desde que su mujer murió ya no había sido la misma persona. Dejo de componer y frecuentaba unas amistades poco edificantes. Se distancio de sus hijas y se marchaba todas las tardes al centro de la ciudad. Nada más podía decir.

—¡Ah sí! —exclamó. La mujer se puso de pie y fue hasta un cajón. Extrajo de allí una foto. Estaba Arlt con una señora de ojos grandes y mirada esquiva. Seria de dos años antes. Alrededor de 1963. Le preguntamos como la había obtenido. Dijo que aquello era porque a veces le lavaba y planchaba la ropa. En su momento encontró en un bolsillo doblada esta imagen y la aparto para devolvérsela. Miramos detrás, ponía C/ Paris 430. Decidimos ir hasta esa dirección.

Paris 430

Al tocar el timbre los dos no sabían que decir. Era extraño sucumbir a un personaje muerto, o desaparecido, inclusive estar frente a una casa, mientras a ellos no les venía ni les iba para tanto. Les atendió una señora de 45 años. Coqueta, llena de vida. Al preguntarles para que le deseaban entrevistar. Uno de ellos dijo.

-Somos de la policía y vamos tras el asesinato de Artl. Ella puso cara de extraña y les abrió el camino. Les hizo sentar en una salita llena de plantas.

“¿Desean beber una cola?”. Su compañero Ernesto, respondió sin rubor “si”. Al marcharse para la cocina, su espalda acababa en una sinuosa sentadera que movía de lado a lado. Un espacio para el buen amante pensó Jorge. La señora regreso rápido y puso una bandeja con dos colas y un vaso de un líquido claro con menta. Ernesto pregunto:

— ¿Qué es? “Anís frio y menta” -respondío. Vaya debe estar muy bueno –fue el comentario del amigo de Jorge. Sin pedir permiso Ernesto, dio un trago, su sabor puro e intenso bajaron delicadamente hasta dar con el estómago. Un sudor líquido aumentó su  sed. Su primera sensación era encontrarse más despierto y arder de sensualidad. Inconexo y atrevido le parecía tener frente a si, a una mujer joven y llena de morbo. Intentaba corregirse pero su lengua se llenaba de espuma. Ernesto dijo:

—¿Conocía a Artl? “Sí. Desde hace tiempo. Éramos amigos desde hace 5 años”. La suavidad del sinónimo escondía el término de amantes, dedujo Ernesto. “¿Le conocía profundamente?” –preguntó. Ella sonrió, sus ojos brillaron y redujo su postura a un bacanal de verano: “Eramos bastante amigos -agregaría para continuar. Algunas noches se quedaba a componer en casa”. Ernesto observo como la piel rosada de sus hombros le agitaba. Decidió beber más. No podía retener su ansiedad. Dijo: “¿Trabaja Ud. aquí en casa?”. Ante lo cual, Jorge no pudo más que sorprenderse de la estupidez de su amigo. Le veía extraviado y alegre a la vez.

—Si –dijo ella. Normalmente me visitan conocidos a los que recupero de su depresión. ¡Ah! Fue la palabra que utilizo Ernesto. “¿Era para Ud. el señor Artl una persona deprimida? O sea -digamos- que tenía algo que le impedía sostener una vida normal”. Ella le podría haber respondido con la mirada, sus ojos verdes claros se desplazaron hasta detenerse, parecía querer dar sentido a la respuesta:

—Artl desde la muerte de su mujer cambio. Se dedicó al juego y sus ahorros se los gastaba en largas partidas de poker.

—¿Cómo le curo? -dijo Ernesto- sin darse cuenta que daba por supuesto aspectos que ella no respondía. Ante ello Jorge previendo que aquello iba por mal camino, dedujo que su amigo decía tonterías y la mujer insinuaba desde un jarabe para la tos hasta un calentón de domingo. Quiso despedirse y llevarse a Ernesto consigo, pero su colega se levantó y pregunto por un lavabo. Ella le acompaño. Desaparecieron ambos tras un pasillo y le dejaron solo. Era su momento. Jorge miro los cajones que estaban en la librería. Las fotos de esta señora y Artl estaban cuidadosamente pegadas en un álbum, pero no había pistas, tan solo aquel derroche de filmografía barata. Pasados unos 20 minutos, empezó a preocuparse al ver que su amigo no regresaba. Decidió entrar por ese pasillo y se dio de bruces con ella. “¿Y mi amigo?” -preguntó.

—Su amigo está descansando en el cuarto contiguo –respondió ella. ¿Le apetece a Ud. el mismo servicio? Jorge le esquivo e intento entrar en las dos puertas del pasillo, en la segunda pudo dar con una cama de sabanas rojas. Ernesto estaba desnudo, sus ojos cerrados, parecía dormir plácidamente. Se giró y le pregunto a la dueña de la casa: “¿Qué le ha hecho?”.

—Un francés. Estaba -prosiguió su descripción- tan excitado que no era capaz de rebajar la subida de su sexo. Le apreté un poco. Le sople en el canal y exploto. Luego le desnude por miedo que ante tanto calor le diera un infarto. Jorge, se acercaría hasta la cama, deseaba comprobar su pulso, pero dedujo que dormía profundamente. Decidió esperar a su lado. Esa noche ceno patatas fritas con pescado en la cocina con la dueña. Supo más cosas. Se llamaba Ester, había nacido hace 45 años y amaba a Artl. Pero no conocía la vida de aquel más que en sus visitas nocturnas y mensuales. Pero si fue capaz de recordar que había asistido a misas en su compañía: “en los evangelistas de la calle Pueyrredón 2530”.

También la charla giró sobre las anécdotas de su trabajo:

“Una vez me vino un tipo que era escaso de carnes y de nariz grande, le hice pasar y en la habitación al desnudarle pude comprobar una mata de pelo que le tapaba el sexo. Levante mi cabeza y su cara miraba, sin otra despensa que la ingenuidad. ¡Menuda incomodidad! –dije en voz alta. El tipo asintió encogiéndose de hombros, en ello me acorde que tenía una máquina de cortar el pelo, de aquellas antiguas de barbero –mi marido lo había sido. Le hice sentar y le afeite. Al acabar me agradeció y se fue.  Nunca más le vi, bueno si, una vez en el mercado con su mujer, le miré y el levanto su dedo pulgar haciendo ver que se afeitaba.

Pero dentro de los casos extraños, un día se presentó un tipo que venía de parte de un cliente fijo. Le hice entrar en la habitación y murmuro:

“Servicio especial”. Le mire y pregunte: ¿cómo? “Servicio especial”. Decidí desnudarle y le lleve hasta la ducha, cuando lo tenía enjabonado se me ocurrió una idea, siempre he tenido animales en casa, fui hasta el patio y traje una pitón que se la enrolle alrededor del cuerpo. El miedo que paso le ayudo a irse. Eso sí, tuve ciertos problemas, al recoger a mi Mardi, esta le apretó en el cuello que estuvo a punto de estrangularle. Le mantuve un día en casa hasta que recupero el aliento”

—¿Siempre son casos especiales?” –pregunte. No –dijo ella. Su estilo de bondad sexual, me remitía a los comienzos. A aquellos estúpidos momentos que los hombres tienen, cuando su sexo o su cadáver de adolescente se encuentra con el lado femenino. Ella -la primera amante-aparece y nuestros gestos enferman de deseos. Ester  trajo anís frio y menta. Puso dos vasos. Serían las tres de la madrugada. “¿Te atreves?” –preguntó. El miedo me paralizo.

—¿Y luego donde duermo? –pregunte cual rata de alcantarilla que pasea el hocico en una vulgar escapada. “O con tu amigo o en mi cama” –respondió ella. Bebí tres vasos seguidos. No recuerdo nada más; tal vez  un ruido del camastro hundido en el centro. Además piernas o sudores, y un zumbido tenue que procedía de la nevera del salón.