Las luces estaban encendidas: calles, casas, edificios, las luces de los automóviles, las linternas en las mesas de noche los letreros luminosos; todo, competía con ventaja monstruosa sobre las luciérnagas que desconcertadas veían opacada su razón de ser.

La oscuridad había empezado a las tres de la tarde, a las seis ya era de noche y se encendieron las luces. Pero no había nadie…  

Cuando empezara a aclarar, un falso amanecer, vería apagarse las luces y las luciérnagas respirarían tranquilas, hasta la próxima oscuridad, que cada vez duraría más, mientras la noche eterna llegaba, las luces se apagaran, a las linternas se les agotaran las pilas, los letreros luminosos emitieran un parpadeo final y las luciérnagas quedaran como dueñas y señoras de un mundo, que, visto desde las naves voladoras, sería un hermoso diseño de puntitos brillantes, colgado de la nada.

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